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¿Te gustan los libros? Lee con eReader

De Alice Valeria Oliveri • enero 19, 2021Historias en profundidad

Todos somos culpables ante cualquier forma de ludismo moderno. Incluso aunque seamos progresistas convencidos, amantes de la tecnología en todas sus formas y estemos ansiosos de cambiar el último modelo de teléfono móvil por un par de pixeles más en la cámara, siempre habrá algo que nos hará torcer el gesto con desconfianza. Sí, preciosa la música en streaming, cómoda la playlist compartida y los cientos de álbumes de música a los que tenemos acceso online, pero ¿quieres sentir el sonido de la aguja que se apoya en el vinilo sobre una estupenda reedición de Abbey Road?

En efecto, hay ciertos placeres pequeños à la Amelie Poulaine que permanecen ligados a los objetos de los que nos rodeamos, e incluso cuando el futuro nos invite alegremente a pagar con una tarjeta contactless en lugar de billetes arrugados, aún hay un aspecto emocional en un gesto al que estamos acostumbrados. Pero hay una cosa que simplemente no puedo entender, una batalla que parece mucho menos sólida que la que puedan librar los guardianes de las esencias analógicas (facción de la que formo parte en muchas ocasiones): afirmar que no pueden leer un libro a menos que esté impreso y encuadernado.

Hay un rasgo de orgullo apenas insinuado en aquellos que se jactan de leer mucho y poseer muchos libros, una vena de superioridad intelectual indisimulada que caracteriza a todo lector ávido. Como si dijera, "todavía consigo no distraerme frente a una página escrita en blanco y negro": es cierto que el presente nos propone estímulos mucho más seductores y rápidos de los que puede garantizar a primera vista una novela, y es cierto que leer hoy es casi un lujo para mucha gente. Sin embargo, la pasión por los libros, que sin duda sólo merece palabras de elogio en un presente cada vez más desechable, a menudo transmuta en una especie de culto formal que poco tiene que ver con la razón por la cual vale la pena leer y poseer cualquier tipo de libro. Una delgada línea entre coleccionar (los sellos de coleccionista solo se usan para pegarlos en fila en un cuaderno) y el postureo de una página amarillenta y una copa de vino al atardecer significa que muchos hoy, incluyéndome a mí antes de la epifanía, sienten que están diciendo cosas como “No, mira, yo es que un libro tengo que poder tocarlo, no puedo leerlo en una cosa de plástico”. Como si leer algo -novela, ensayo o colección- fuera ante todo una experiencia estética que se sirve como una receta de la nouvelle cousine, muy bonita a la vista, pero que queda lejos de garantizar la nutrición necesaria para sobrevivir.

Leer un libro no es como escuchar un disco o hacer una fotografía: la calidad del gesto no tiene nada que ver con la intensidad de la experiencia. Aquellos que argumentan lo contrario solo están defendiendo el derecho a una bonita biblioteca que se exhibirá en estanterías de Ikea en la sala de estar que, probablemente, ni siquiera tengan un uso tan regular, más allá de fines decorativos.

Por eso, en este presente líquido, lleno de necesidades irreales impulsadas por la ley del consumo, los eReaders son una bendición del cielo. Por eso digo basta a ese volumen de El Canon Occidental de Harold Bloom, polvoriento y cerrado a cal y canto durante décadas, que vive en el ostracismo de la sala del tío septuagenario, basta a la defensa del libro impreso a toda costa.

El momento en que me di cuenta de que la historia en papel era solo una publicación de Instagram con el hashtag #Dostoievski llegó cuando me estaba preparando para mi examen de doctorado. Cualquiera que se haya visto obligado a estudiar para una especie de tortura mnemotécnica medieval, como la defensa de un doctorado o un examen de calificación, sabrá lo que supone manejar toneladas de material para golpearse la cabeza. En cuanto a mí, soy de esas personas que se dejan seducir fácilmente por el encanto de la distracción hogareña, por eso nunca he preparado exámenes encerrada en casa sino siempre y solo en la biblioteca, donde el silencio como norma espolea una cierta incomodidad si no haces nada. Como yo, muchos de mis compañeros y amigos comparten la costumbre de acompañar el momento de estudio con un entorno adecuado. Pero, como me ha pasado a mí, cuando te encuentras teniendo que estudiar casi setecientos años de historia de literatura inglesa, este hábito se convierte en un episodio de Juegos sin Fronteras, donde la consecución del lugar predestinado se divide en varias fases: empaca todas las toneladas de libros útiles en una maleta que no pasaría el check-in como equipaje de mano, transporta de alguna manera esta pequeña biblioteca de Babel al lugar donde quieras concentrarte y acomoda todo el material sobre la mesa, teniendo cuidado de no invadir los espacios de los demás con hojas en sucio, tomazos enormes y varios cuadernos.

Lidiar con el papel y su preciado contenido se convierte en un desafío contra un monstruo voluminoso que hará todo lo posible para hacerlo aún más difícil. Por si fuera poco, no siempre resulta fácil encontrar manuales, novelas en el idioma original (leer Middlemarch en italiano es una elección equivocada) y ensayos para el examen que se está preparando. La biblioteca se convierte en el único aliado, pero la esperanza debe confrontarse siempre con la realidad: no siempre el libro en cuestión está disponible, puede que esté en préstamo o que incluso no se pueda sacar del templo de la cultura donde se investiga en silencio.

Y aquí es donde llega el punto de inflexión del momentum, el que hace que los puristas frunzan el ceño por el olor de las páginas y la tapa dura: el eReader. En un eReader que cabe en el bolsillo de un abrigo puede haber más de seis mil libros electrónicos, lo que significa que el material escrito puede caber en una mesa de biblioteca para licenciarse en una docena de carreras. Sin mencionar que también se puede llevar a entornos aún más hostiles que una sala de estudio llena de estudiantes de primer año, como el mar, sin correr el riesgo de dañarlo y perder todo el conocimiento que se puede acumular en esa pequeña biblioteca individual. Pero si no bastara evitar viajar con equipaje facturado cada vez que se va a la biblioteca; para convencerme sin la menor sombra de arrepentimiento de bajarme del tren del libro impreso siempre y a toda costa, también se añade otra revelación. Puede parecer trivial pero no lo es en absoluto. Si alguna vez alguien leyó el Ulises de Joyce o Anna Karenina de Tolstoi en la cama, sabe muy bien a qué me refiero: es decir, el inevitable dolor de brazos que se produce después de media hora de ladrillo en mano, en alto y, tal vez, incluso cerca de los ojos, debido a la luz de la mesilla de noche que tan poco alumbra. De repente mi vida cambió: descubrí que podía terminar Los Buddenbrook o La broma infinita acostada sin molestar a nadie en la habitación conmigo y, sobre todo, sin sentir el ácido láctico en mis antebrazos al día siguiente.

Es cierto que leer un libro tiene su propio ritual, y que la forma en que se despliega también cambia la experiencia misma del leer. Es por eso que, nuevamente, gracias a la pequeña revolución del eReader en mi vida como lectora habitual y como estudiante recién liberada de montones de libros acumulados, también me ha sucedido encontrarme en un avión en medio de una desagradable secuencia de turbulencias. Entre los varios libros que había subido a mi dispositivo había uno que había buscado en todas partes de forma física, La ragazza del secolo scorzo de Rossana Rossanda, y que finalmente compré en formato electrónico. Tenía muchas cosas que leer en ese momento, pero el miedo debido al vuelo me había dejado bloqueada, en un estado de angustia muy fuerte, así que decidí comenzar la novela autobiográfica de Rossanda, dejando temporalmente a un lado toda la interminable lista de material que llevaba para la defensa del doctorado, incluidos Frederic Jameson y Terry Eagleton. Dio la casualidad de que había leído una anécdota de Rossanda en la que, en la década de los 50, fue enviada como delegación del Partido Comunista Italiano a la Unión Soviética, y que el viaje se realizó en aviones militares, sin cinturones de seguridad ni personal de vuelo. Al regresar del viaje, Rossanda dijo que tomaron el tren porque a las esposas de los delegados no les había gustado un viaje tan tenso y me sentí una idiota: realmente pensé que en un vuelo nacional, tan seguro como pocas cosas en el mundo, yo estaba asustada por unas turbulencias como si estuviera en quién sabe qué ojo de la tormenta. El hecho de poder elegir en el acto entre muchos libros, a pesar de estar lejos de mi biblioteca y mi casa, me dio una sensación de seguridad y placer que, probablemente, solo aquellos que amen la lectura, especialmente en condiciones de tensión, puedan entender.

Poseer un libro es físicamente hermoso, especialmente si se trata de una edición particular, especialmente usada y empapada de la historia del dueño anterior. Tener estanterías en las que almacenar todos los volúmenes acumulados durante años de estudio y pasión por la lectura es insustituible. Y a pesar de la vena románticamente ridícula que se puede atribuir a necesidades como "el olor de las páginas", es cierto que hay ciertos libros que no puedes evitar tocar. Pero estamos en un momento de la historia de la humanidad en el que podemos hacernos la vida más fácil, de una forma que no sea necesariamente perezosa o consumista: hacer la compra online es, en mi opinión, un poco exagerado, aunque solo sea porque si ni siquiera tienes tiempo para ir al supermercado, quizás tengas que preguntarte si estás trabajando demasiado.

Tener la oportunidad de mejorar tu estudio con un objeto que te permita tener todo lo necesario contigo, poder subrayarlo y escribir notas sobre él, poder pasar de un ensayo a una novela sin tener que cargar con kilos de libros y poder viajar al mismo tiempo –(teniendo acceso a un libro incluso en el otro lado del mundo comprándolo online y subiéndolo a tu eReader) no es pereza ni exceso de comodidad. Es una excelente manera de facilitar una actividad intensa y gratificante como estudiar o leer. Las batallas para mantener un ápice de autenticidad en nuestra vida son legítimas y compartibles, pero también aquellas para aprovechar al máximo el progreso en las cosas más importantes. Y quizás de esta manera también podamos salvar a la literatura del olvido de lo digital que parecía querer sustituirla por completo por otro tipo de imágenes; y en su lugar está cambiando de forma, tal vez incluso salvando algunos árboles más.

El canon occidental de Harold Bloom

Un libro heterodoxo, provocador y polémico del más influyente crítico literario de nuestro tiempo. Un canon de la literatura occidental que estudia a fondo la obra de 26 autores clave -de Dante a Beckett, pasando por Shakespeare, Cervantes, Tolstói, Proust, Virginia Woolf, Borges- y cuestiona las manipuladoras aproximaciones a la literatura desde la llamada Escuela del Resentimiento, que forman lo «políticamente correcto», el multiculturalismo, el marxismo, el feminismo, el neohistoricismo.

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Anna Karénina de Lev N. Tolstói

La sola mención del nombre de Anna Karénina sugiere inmediatamente dos grandes temas de la novela decimonónica: pasión y adulterio. Pero, si bien es cierto que la novela, como decía Nabókov, «es una de las más grandes historias de amor de la literatura universal», baste recordar su celebérrimo comienzo para comprender que va mucho más allá: «Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo».

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La broma infinita de David Foster Wallace

Una novela crítica, divertida y reflexiva sobre la adicción, el consumismo y la soledad de la sociedad norteamericana, escrita con gran sabiduría y sentido del humor.

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Alice Valeria Oliveri, autora y música, se graduó en la Universidad de Sapienza en Estudios Ingleses con una tesis sobre Teoría de la Literatura. Escribe para diversas revistas online de cine, TV, series de televisión, música y actualidad. Ha colaborado con Dude Mag, VICE, Noisey, Motherboard, Prismo, The Towner, Link - Idee per la tv y The Vision, donde fue editora.

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